De los caminos andados

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viernes, diciembre 02, 2016

Hiellas temporales

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A la vida hay que perdonarla,
venga de blanco azahar y oliendo a limpio,
o acuda con andrajos
y un reguero de moscas en cadena.
Vagamente elegida,
o impuesta por decreto. Así nos lleva
y trae el destino. Pero al tiempo.
-¡Ay, cruel!- que nos rebasa,
siempre un paso de más y por delante,
consciente de su horrible consecuencia,
de su falta de fe en la carne que ha moldeado,
su apatía por la piel, su desmemoria
por el músculo, el nervio, la apariencia
más triste del cabello, y ese grifo del llanto que gotea
por la emoción más vana: ¡Cómo!
¡Cómo se puede perdonar al tiempo!
¡Cómo la llaga inmensa de su arruga!
¡Cómo su larga pausa! ¡Su lento discurrir en el ocaso
de la desesperanza! No es posible.
No puedo perdonar su fría pereza,
su abandono de mí. Quiero venganza.
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Mi amigo Iván tenía una bala
de la guerra anterior. Una bala imprecisa
que mantenía brillante a fuerza de cuidados.
La llevaba colgada del cuello.
Decía que traía suerte. En cierto modo,
tuvimos ocasión de comprobarlo:
pues sanó de un raro mal casi incurable
y se fue a celebrarlo
a un país muy seguro, donde el único riesgo
era que lo matara una bala perdida.
Ahora está en la otra vida
sacando brillo a ambas.
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 Al fin y al cabo, no es tan complicado
ir olvidando las cosas que nos duelen.
Solo es cuestión de tiempo. No es preciso
pericia ni altas dosis de conocimiento
sobre el amor, el perdón o esas patrañas
pseudo religiosas que citan ciertos libros.
Basta con esperar y mientras tanto,
hacer lo que haces siempre, u otra cosa.
Da lo mismo. Lo sé por experiencia:
He olvidado el dolor de haber perdido
varios seres queridos; de la muerte
de mis padres tengo un vago recuerdo,
imperceptible apenas e indoloro;
y la casa que tuve que dejar
no me provoca la más leve humedad
en la retina. Me alejé del país
en que nací por varios años y hoy,
aquel extrañamiento doloroso,
no me parece mío. Incluso el mundo
que antes amaba es ya una fría postal
del desconcierto. Y aunque siento
como si fuera ayer que te he perdido,
sé que un día el tiempo ha de pasar
y no me dolerá; así que espero.
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No tendrá nombre
Y será demostrada por el pálido brillo
de su sombra y cuando emerja
la encontrareis hermosa.
No en este espacio, en este erróneo papel
Que hoy se corresponde con mi vida.
Con la vuestra.
Pero habrá una ventana,
el sereno horizonte de un otoño,
el dulce reclinar de una hoja por la gota
escampada y silenciosa;
o tal vez Zbigniew Preisner
escanciando su música desde un jardín cercano,
y ella recobrará la forma.
La voz que le dio vida,
poesía templada por el tiempo,
sabiendo que hace falta. Que alguien
-No en este espacio, este erróneo papel
Que hoy se corresponde con mi vida
Con la vuestra- la va a encontrar hermosa.
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